“El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger

Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno

El guardián entre el centeno (Alianza, 2015), de J. D. Salinger y traducido por Carmen Criado, es un libro inconmensurablemente maravilloso. Marcó una época en Estados Unidos, y llegó a ser el vademécum de algunos personajes famosos como el asesino de John Lennon (no es precisamente un modelo social en el que fijarse, pero famoso fue, eso es innegable). Es una historia que retrata con agudeza narrativa y mucha imaginación la sociedad norteamericana de la época del escritor (se publicó en 1951). El libro, tal y como se puede apreciar un poco en la fotografía de la portada, está un poco deteriorado. Y resulta que esta no es la primera vez que lo leo, sino la segunda. La primera vez lo leí en el verano de 2015, cuando estaba de vacaciones en la playa, y fue el agua salada la que le causó ese deterioro. Y, además, apenas me enteré de nada de la novela y no me llamó la atención. Por eso decidí darle una segunda oportunidad, porque sé que es un libro muy valorado y apreciado y quería descubrir por qué.

La novela se desarrolla en la Navidad de algún año de mediados del siglo XX en Nueva York y está protagonizada por Holden Caulfield, un joven de diecisiete años que, al comienzo de la novela, está estudiando en un colegio llamado Pencey (Holden vivía allí mismo, ya sabes cómo son los americanos y sus colegios). El narrador nos cuenta (siempre es el propio Holden) su infancia, haciendo crítica a todo lo que pasa por allí. Holden no deja títere con cabeza y a todo le saca un inconveniente, una razón para odiarlo. Aunque, todo hay que decirlo, Holden tiene un gran sentido del humor y mucho sarcasmo. Me he reído mucho leyendo este libro, la verdad. Y también sabe Holden (Salinger) manejar un vocabulario sencillo, rozando a veces lo vulgar, para que llegue a los jóvenes (repite sin cesar expresiones como, por ejemplo, todo eso, me dejó sin habla, hay que estar en vena, etcétera).

Se nos cuenta cómo Holden odia a todos los chicos de su colegio, del cual ha sido expulsado. Y, por esta razón, decide no esperar ni un minuto más y marcharse de allí antes de tener que hacerlo por obligación. Y, a partir de aquí, Holden recorrerá un itinerario lleno de encuentros con conocidos que se nos irán presentando, cada uno con sus particularidades pintorescas, como un abanico inmenso. Se encuentra con prostitutas, con tres chicas feas que se burlan de él, con dos taxistas totalmente diferentes el uno del otro, con Sally (una chica con la que parece tener un rollo romántico), con sus antiguos profesores Spencer y Antolini… Holden se emborracha, pero también sufre mucho, pues, aunque Holden es símbolo de rebeldía y libertad, también padece lo suyo, y Salinger sabe cómo contarlo. Admirable.

Holden nos habla, por ejemplo, de su hermano Allie, menor que él, fallecido. Y nos cuenta que, cuando se siente muy deprimido, habla con él en voz alta. Y tanto dolor, como decía, hace que Holden llegue a plantearse el suicidio, pero solo una vez a lo largo del libro, y fue de pasada, sin pensarlo demasiado. De este dolor pasa a la crítica hacia los curas (por su voz falsa a la hora de soltar sermones, por ejemplo) y a la iglesia, aunque también halaga la austeridad y la benevolencia de dos monjas con las que se encuentra. Holden, se da cuenta el lector al final, tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

También critica al dinero, del que dice: “siempre acaba amargándote la vida”. Y, en un determinado capítulo, se encuentra con un niño pobre al que sus padres no prestan atención y que va recitando un poema que dice: Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno. De ahí viene el título. Porque, más adelante, cuando su querida hermana pequeña Phoebe le recrimine que no le gustaría ser nada y que no tiene planes de futuro, (Holden siempre dice que toda la gente es falsísima, que el colegio es aburrido, que a la gente solo le preocupa si le arañan el coche o calcular cuántos litros de gasolinas le valdrán para recorrer no sé cuántos kilómetros, odia a la gente a la que solo le interesan los resultados de fútbol, odia las guerras, etcétera), este responderá que sí le gustaría ser una cosa: ser un guardián en un campo de centeno lleno de niños. Y que, cuando alguno de estos se acercara al precipicio, él, como buen guardián, lo salvaría de caer y lo devolvería al campo de centeno para que siguiera jugando con los demás. Esta es, quizás, la parte más emotiva del libro, porque Holden desnuda su alma ante su hermana en un momento en que no lo está pasando precisamente bien. Es muy simbólica y muy bonita esta parte, en serio.

Al final, Holden decidirá irse al oeste del país a trabajar en cualquier cosa con tal de no volver a casa y recibir la regañina de sus padres por la expulsión, pero entonces, al despedirse de su hermana a escondidas de sus padres, esta decidirá ir con él y tendrá que dar marcha atrás y quedarse definitivamente en casa, aguantar el chaparrón e ir a otro colegio. Son muchas las experiencias curiosas que Holden tiene a lo largo del libro (aquí he reflejado una ínfima parte de ellas) y eso lo hace animado y entretenido. Tiene cierto parecido con En el camino, de Jack Kerouac, pero este me ha parecido menos aburrido y más didáctico, si se me permite el término.

Precisamente hace poco sacaron una película sobre Salinger y sobre esta, su obra magna, y aún no la he visto, algo que haré pronto ahora que lo he leído. Admirable cómo Salinger nos presenta a los personajes, cómo relata la historia, con qué sabiduría, cómo sabe situarla en el contexto y cómo sabe guiar el hilo de la historia de manera que sea una novela magnífica que nunca va a caducar por su enorme valor literario (y extraliterario, si se me permite el término de nuevo). Recomiendo encarecidamente la lectura inmediata (sí, así de solemne la recomiendo) de esta obra de arte. De las mejores novelas del siglo XX, nada aburrida y que nos hacen pensar mientras también nos saca unas sonrisas por el ingenio del protagonista. Ni canta ni baila, pero no se la pierdan.

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“Réquiem por un campesino español”, de Ramón J. Sender

Cuántos réquiems sin pronunciar…

Réquiem por un campesino español (Destino, 2001), de Ramón J. Sender, es un libro más que conmovedor, un libro extraordinariamente emotivo. Este libro, de menos de cien páginas (sabe aprovechar bien el espacio porque la emoción es tremenda) se sitúa en la época de la posguerra, en un pueblo aragonés que hace frontera con Lleida. Comienza con el cura mosén Millán preparando la misa en honor al alma de Paco el del Molino mientras su monaguillo va y viene por la iglesia. El narrador en tercera persona será el encargado de ir guiándonos a través de los saltos en el tiempo que van desde el nacimiento de Paco el del Molino hasta el momento presente de la historia.

Así, se nos va contando el nacimiento de Paco el del Molino, el bautizo (que ofició mosén Millán, por cierto), su comunión (también oficiada por mosén Millán), su infancia y sus travesuras, su confirmación ante el obispo (el cual se burló de Paco cuando este le dijo que no quería ser ni cura ni general, sino labrador como su padre) y, finalmente, la boda con Águeda (también oficiada por mosén Millán). Pese a todo, los padres de Paco no son especialmente religiosos, pero siguen ese tipo de tradiciones. Cabe destacar que el pueblo en el que se sitúa la historia es pequeño, y la ignorancia es cabalgante en él. Hasta tal punto que, cuando alguien extiende el rumor de que el zapatero del pueblo era un agente de Rusia, las mujeres del carasol (rincón del pueblo donde estas solían reunirse a hablar y coser) dudan de qué es Rusia, pues ellas solo habían escuchado una vez esa palabra, porque era el nombre de una yegua del pueblo. Predomina, por tanto, el aspecto ruralista de la historia, el típico pueblo español cargado de supersticiones y rumores.

Cuando Paco se hace más mayor y se casa, habiéndose formado una férrea personalidad que le hacía sentirse cercano y servicial con las personas con mayores necesidades, se libra de ir a la guerra. Así, el narrador sigue hilando hasta que nos dice que, en Madrid, “pintan bastos” por la caída del Rey, confirmando así la proclamación de la República, y saliendo elegido Paco como concejal en una de las elecciones del pueblo.

En el momento presente, mientras tanto, los tres señoritos del pueblo, don Valeriano, don Gumersindo y don Cástulo (por ese orden) van llegando a la iglesia, donde mosén Millán está meditabundo y cabizbajo. Y los tres, aun siendo enemigos declarados de Paco el del Molino, se ofrecen a pagar su misa, y el cura rechaza sus intenciones justificando que él tiene el gusto de dar la misa sin cobrarla. En otro salto en el tiempo, con la República ya asentada, se deciden suprimir los bienes de señorío al duque del pueblo, lo que genera conflictos entre dicho duque y Paco, que se granjea enemigos poderosos (los susodichos “señoritos” que luego se ofrecerán a pagar su misa) en el pueblo.

Poco a poco, la historia se va abriendo hasta que llegamos a julio de 1936, cuando el pueblo fue tomado por unos “señoritos” que asesinarán sin justificación a seis campesinos, cuatro concejales y al zapatero. Paco, ante esta situación, decide esconderse en los montes, y al padre de Paco se le escapa el lugar donde su hijo está escondido ante el cura, pero el cura confía el secreto. Sin embargo, con la llegada de los sublevados y el centurión al pueblo, este obliga a hablar al cura y este acepta a cambio de que no lo maten, lo cual promete el centurión (el centurión dice que solo lo detendrán y será sometido a un juicio por el tribunal). Una vez que Paco sale de su cueva donde estaba escondido por mediación del cura, lo detienen. Sin embargo, a la noche siguiente, mosén Millán es llevado hasta un muro, donde le piden que dé la extremaunción a los detenidos que van a ejecutar, entre los cuales está Paco.

Ha actuado, así, mosén Millán como un chivato, y Paco se lo recrimina a gritos mientras se desangra y es rematado con más tiros. A partir de aquí, el carasol quedará abandonado, el pueblo estará gobernado por la mano dura y en él reinarán el silencio y el miedo. A lo largo de la novela, además, el monaguillo que acompaña a mosén Millán, va recitando por estrofas un romance bastante emotivo que algunas gentes del pueblo compusieron en honor a Paco el del Molino (llamado así porque su bisabuelo tenía un molino, por cierto).

Hay que tener en cuenta que este libro fue publicado por primera vez en México, donde Ramón J. Sender estaba exiliado, en 1953. Por eso refleja de esta forma tan veraz y dolorosa la muerte de un inocente, como tantos hubo en España durante la Guerra Civil y la posguerra. Es, también, una feroz crítica a la Iglesia a mi parecer, pues esta apoyó la sublevación (más allá de que el cura Millán diera el chivatazo del escondite de Paco, pues este también resultó ser engañado por el centurión al parecer). Las dos Españas se reflejan con estupefacta claridad entre estas páginas. Admirable la pluma de Sender, cómo retrata a los personajes, cómo entreteje esta historia que tanto me ha emocionado. Creo que es una novela muy necesaria que todos deberían leer (tiene menos de cien páginas, por dios, eso no es nada) y que está olvidada injustamente.

Sin duda es de mis favoritas, me ha marcado, la he leído vorazmente y me han encantado los detalles que tiene, por ejemplo, el ofrecimiento de los señoritos al final de la novela de pagar la misa de Paco (misa a la que solo asisten el propio cura, los tres señoritos que eran sus enemigos, el monaguillo y el potro de Paco, que siempre andaba perdido por el pueblo desde su asesinato). Me parece éeta una escena digna de destacar y por eso lo he hecho. Tiene tantas consonancias con otras obras como alguna de Cela (La familia de Pascual Duarte, de mis favoritas) o Pío Baroja (El mayorazgo de Labraz concretamente).

Reitero la importancia que creo que tiene esta novela porque aún, mientras escribo estas líneas, sigo intentado asimilar algunas escenas, algunos diálogos, porque he visto a los personajes con mis propios ojos, los he sentido, Sender ha hecho que fuera capaz de verlos y sentirlos, y eso prácticamente ningún escritor lo ha conseguido conmigo. Por eso estoy en shock aún. Para terminar, transcribo la última frase del libro, dicha por mosén Millán al comenzar al fin la misa, que resume lo dicho en el párrafo anterior de la reseña: “Ahora yo digo en sufragio de su alma esta misa de réquiem, que sus enemigos quieren pagar”.

“El último encuentro”, de Sándor Márai

No será el último encuentro entre este libro y yo.

El último encuentro (Salamandra, 2012), de Sándor Márai y traducido por Judit Xantus Szarvas en colaboración con la Fundación Húngara del Libro, es un libro donde se reúne lo mejor de la prosa húngara del siglo XX, de la mano de un autor que supone (al menos para mí) un atractivo objeto (o sujeto en este caso) de estudio.

Este libro fue, atención, el primer libro no infantil ni juvenil que me compré para leer cuando tenía alrededor de doce años. Lo leí a trompicones porque, pese a que tiene menos de doscientas páginas, estas están escritas de arriba abajo con descripciones tediosas a veces o diálogos extensísimos. Lo terminé y, antes de releerlo, no me acordaba de qué iba. Y por eso creí necesario volver a leerlo, volver a aquel libro con el que cogí esta pasión por la literatura. Sándor Márai no es un autor muy conocido, pero a mí me ha marcado, al igual que lo hicieron Rainer Maria Rilke, Eduardo Galeano y Pedro Salinas, por lo que le doy el espacio que, al menos para mí, merece.

El libro, como su título indica, trata del encuentro de dos ancianos septuagenarios, Henrik (un hombre de ascendencia aristocrática que vive solo en su mansión junto a la nodriza que lo crio) y Konrád (un hombre de familia humilde, amigo de la infancia de Henrik). La novela se sitúa en la Hungría del siglo XX, más o menos en mitad o al final de la Segunda Guerra Mundial. Y este encuentro entre los dos amigos de la infancia, cuarenta y un años después, se produce porque Henrik sigue viviendo en su casa, pero Konrád huyó a los trópicos (Singapur) y no se volvieron a ver ni a hablar.

En este ambiente envuelto de aristocracia, militarismo (Henrik era general) y buenas maneras, se nos describe la infancia de Henrik y Konrád, en la que ambos se conocieron, llegando a ser íntimos amigos (la madre de Henrik llegó a afirmar en voz alta que eran un “matrimonio bien avenido”). Y, de hecho, se deja caer el tema de la homosexualidad (no exactamente con esa palabra, pero yo lo he interpretado así en algunas líneas) en el libro, algo a destacar teniendo en cuenta que el libro se publicó por primera vez en 1942. Mientras Henrik era vívido y alegre, Konrád solía estar enfermo, era silencioso, diferente, y llevaba una “vida de monje”.

Así se nos cuenta su infancia, entre descripciones riquísimas y saltos en el tiempo continuos en la novela, hasta llegar al encuentro en sí, tan esperado por ambos, en la casa de Henrik. Al encontrarse, Konrád le cuenta que ha estado en los trópicos, donde “se te queman las células”, y Henrik le dispara directo al corazón al preguntarle si se fue porque quería quemar algo dentro de él. A partir de aquí se palpará la tensión en el ambiente y la novela comenzará a cobrar sentido y rapidez. Porque Henrik, el anfitrión, comenzará a cobrarse su venganza particular y a arrinconar verbalmente a su invitado como si fuera una presa. Aquí me pregunté yo también si no sería este diálogo entre Henrik y Konrád un diálogo interior de Sándor Márai. Me pregunté si Sándor habría viajado a los trópicos y, más importante, si necesitaría quemar algo de él cuando se suicidó a los 88 años. Interesante ver posibles retazos de los autores en sus obras.

Una tormenta irrumpe en la mansión, se va la luz y Henrik comienza a adoptar una postura de autoridad a partir de la cual comienza a disparar contra Konrád. Le recrimina que no viniera desde los trópicos a luchar en la Primera Guerra Mundial por su país. Y también le recrimina su envidia hacia él y su huida repentina (este será el tema principal del diálogo). Tras disertar sobre la naturaleza humana, la muerte y la caza como ritual, introduce un recuerdo sensible: el día anterior a la huida de Konrád, este intentó asesinarlo con la escopeta al salir de caza.

Henrik comienza a hilar, introduce a su esposa, Krisztina, quien mantuvo una atípica conversación sobre el trópico (qué casualidad, oye) con Konrád el día que intentó matar a Henrik. Henrik reconoce que su esposa, Krisztina, le tenía mucha gratitud, pero no le quería. Y, por eso, una vez que huyó Konrád, Krisztina se recluyó en su casa, y Henrik, sabedor de la situación, se fue a otra de sus casas. Una vez que Krisztina falleció a los ocho años por una enfermedad, Henrik volvió a aquella mansión. Pero estuvieron esos ocho años sin verse ni hablarse aun siendo marido y mujer. Y todo por la marcha de Konrád.

Es admirable cómo los personajes, si nos imaginamos que fueran reales, mantienen un diálogo sobre estos temas tan delicados. Y esto es así gracias a la amistad que une a ambos desde la infancia. Y, precisamente, Henrik dice durante algunas líneas cosas muy interesantes sobre la amistad en el ser humano, pero son párrafos tan extensos que no puedo transcribir, aunque me gustaría.

Además del intento de asesinato de Henrik por parte de Konrád, Henrik también le recrimina la infidelidad entre Konrád y su esposa, Krisztina. No tiene pruebas, dice, pero no había más que ver la situación para apreciarla. Así, Henrik se auto-halaga al decir que ha sobrevivido a la guerra y al suicidio (otra analogía con la vida del autor), y ha sobrevivido porque quería cobrarse su venganza con otro encuentro. Henrik admite haber aceptado la realidad, y dice que cuando alguien acepta la realidad es porque se acerca a la muerte.

Tras los ataques intempestivos de Henrik contra Konrád por el intento de asesinato de aquel día y por la infidelidad, ambos están de acuerdo en algo: en que la pasión es la esencia de la vida humana, aunque esta sea cruel a veces. El último párrafo es muy bonito, cuando Konrád ya se ha marchado sin contestarle a las preguntas que le ha hecho Henrik para confirmar sus sospechas, la nodriza le da un beso de buenas noches a Henrik y el narrador dice, con sus propias palabras, que ese beso es la respuesta a una pregunta que no se puede dar con palabras. Y fin.

Es una obra de arte sutilísima. Esta vez no me ha parecido tan tedioso, es una historia muy bien hilada que pone contra las cuerdas algunos temas humanos como la vida, la muerte, el amor y, sobre todo, la amistad. Me encanta el temperamento de Henrik y, por el contrario, me parece que Konrád se mantiene en una posición demasiado pasiva, sin apenas intervenir en la conversación, cuando es el culpable de un intento de asesinato y de infidelidad. Un libro muy recomendable.

“Siempre tuvimos héroes”, de Javier Santamarta del Pozo

Siempre tendremos libros como este.

Siempre tuvimos héroes. La impagable aportación de España al humanitarismo (Edaf, 2018), de Javier Santamarta del Pozo, es un libro que desborda, a través de sus trece capítulos (cada uno dedicado a una persona o un grupo de personas, aunque también irán apareciendo más de forma secundaria), con una narración trepidante, muy bien hilada y, por cierto, atractiva, de la vida de estos héroes no suficientemente reconocidos. Es un libro que compré casi por error (lo tenía en mi lista para comprarlo, pero esta es muy larga y, sin saber por qué, lo compré antes que a otros que, supuestamente, tenían más prioridad en dicha lista). Sea como fuere, no me arrepiento de haberlo comprado tan pronto y de haberlo leído tan rápido, teniendo la ventaja de que sus capítulos pueden leerse sin seguir el orden establecido por el autor.

He aprendido muchísimo leyéndolo, sobre todo por detalles que me eran desconocidos sobre personalidades españolas que sí conocía. También he conocido a personajes que no sabía que eran héroes españoles, tales como San Francisco Javier, Fidel Pagés Miravé o Javier Balmis. Y, hablando de San Francisco Javier, cabe destacar que, debido a que la Historia de España ha estado impregnada de la religión católica, este libro también reúne, como es menester, algunos héroes religiosos como el susodicho. Y también habla, no me lo puedo dejar en el tintero, de la lucha entre el catolicismo y el protestantismo en la Europa de la época. Y de aquí saco otra rama que me lleva hasta una historiadora que es paisana mía, María Elvira Roca Barea, autora de uno de los libros de Historia más importantes del año pasado que ya ha vendido más de 100.000 volúmenes según tengo entendido: Imperiofobia y Leyenda Negra (Siruela, 2017). Elvira Roca dijo en una entrevista a PAPEL (suplemento del periódico El Mundo) hace unos meses: “Sin España, la Iglesia católica sería una nota al pie de página en la Historia”. Digno de destacar si nos movemos por estos lares históricos, desde luego (aunque la religión no me llama la atención ni la profeso, en este caso es el núcleo de alguno de los capítulos y hay que centrar toda la atención en ella).

Volviendo al cauce natural de los acontecimientos pretéritos (qué frase más poética me ha quedado), he de decir que este libro está relacionado con el anteriormente nombrado de Elvira Roca. Hasta tal punto que Javier Santamarta del Pozo presentó su libro en Málaga junto a Elvira Roca (presentación a la que asistí sin dudarlo). Porque este libro también habla mucho de Leyenda Negra, un tema de actualidad en la literatura que nos lleva a otros títulos recién salidos del horno como son La civilización hispánica (Edaf, 2018), de Borja Cardelús; 6 relatos ejemplares 6 (Siruela, 2018), de la ya nombrada Elvira Roca; Superhéroes del imperio (Esfera, 2018), de César Cervera Moreno, y 1492. España contra sus fantasmas (Ariel, 2018), de Pedro Insúa Rodríguez. Parece que estuviera recomendando libros más que reseñando, pero no podría dormir bien esta noche si, al hablar del presente libro, no nombro al menos a estos otros que me gustaría comprar y leer pronto.

Este libro comienza fuerte, con una comparativa asombrosa. Nos cuenta el autor que, en la batalla de Cartagena de Indias, el español Blas de Lezo venció al almirante inglés Vernon. Sin embargo, nosotros ni siquiera sabemos dónde anda el cadáver de Blas de Lezo, mientras que los ingleses conmemoran al derrotado Vernon en la abadía de Westminster. He ahí la diferencia, el olvido y la distorsión que sufre la Historia de España hoy en día. Y en la misma línea de Blas de Lezo, nos encontramos con el que descubrió la anestesia epidural, el oscense Fidel Pagés Miravé, que desempeñó además una labor altruista con los enfermos. Y el autor desmiente la matanza brutal de brujas que tuvo lugar en España por la Inquisición, donde suele decirse que fueron asesinadas más brujas que en Europa, cuando parece no ser verdad. Y el autor nos ayuda a conocer la benevolencia de Isabel la Católica, que ya en su época dejó escrito en su testamento que a los indios de las tierras descubiertas en América se les tratara igual que a los españoles de la península, y que no fueran esclavos (ojo, estamos en la primera década del siglo XVI).

Y también nos habla el autor de la Escuela de Salamanca y de la Escuela de Traductores de Toledo, dos pilares fundamentales de la cultura que colocaron a España en la vanguardia del mundo. Y también nombra, en el que creo que es mi capítulo favorito, la labor de unos cuantos médicos que fueron a Vietnam a sanar a los heridos de ambos bandos de la guerra. Y también la ayuda que el rey Alfonso XIII ofreció a muchas familias durante la Primera Guerra Mundial (debido a la cual fue candidato al Premio Nobel de la Paz) y de su mujer Victoria Eugenia, quien también sería de gran ayuda en las guerras africanas en las que España estaba inmersa en la década de los años 20 del siglo pasado.

Por último, me gustaría recordar otro capítulo, esta vez de la Segunda Guerra Mundial, cuando numerosos diplomáticos españoles de diversos países europeos ayudaron a huir a los judíos sefarditas (y si podían a los no sefarditas, también) de los países que los recluían, para que así llegaran a España y se libraran de los campos de exterminio. Fueron innumerables las cifras de judíos salvados, como digo, por diplomáticos como Ángel Sanz Briz y otros tantos, que se jugaron su carrera diplomática por ayudarles. Y así se lo reconocería el Premio Nobel de la Paz y superviviente del Holocausto Elie Wiesel al decir: “España fue, probablemente, el único país de Europa que no devolvió a los judíos”. Y junto a él, el presidente israelí Golda Meir también dio las gracias a España en el parlamento de su país en 1959.

Aquí, en España, sin embargo, apenas nadie conoce quién fue Ángel Sanz Briz y los demás personajes que se reúnen en torno a estas páginas. Sin más dilación, le recomiendo encarecidamente este libro y también la presentación del libro en la Librería LÉ de Madrid. Y si ha llegado hasta aquí leyendo a este lector voraz al que le ha encantado este libro, gracias por su atención.

“La sociedad del cansancio”, de Byung-Chul Han

¿Es este mundo de mercancías apropiado para ser habitado?

La sociedad del cansancio (Herder, 2017), de Byung-Chul Han y traducido por Arantzazu Saratxaga Arregi y Alberto Ciria, es un libro que, pese a su brevedad, toca muchos puntos débiles de la sociedad actual y reflexiona acerca de ellos. El autor nos presenta los términos que van a ser recurrentes a lo largo del libro, tales como “inmunización”, “vida activa” y “vida contemplativa”, estas dos últimas enfrentadas entre ellas (yo defiendo, y creo que el autor también, la vida contemplativa, que consiste, como su propio nombre indica, en frenar el carro de la sobre-actividad y pararse a pensar más tiempo). El autor nombra en este punto a Hannah Arendt y contrapone su opinión a la de esta gran autora. De hecho, el autor presenta a lo largo del libro diferentes obras y a diferentes pensadores (sobre todo filósofos como Agamben, Heidegger y Kant), además de Freud y algunos sociólogos.

Este libro es muy filosófico, claro está, el autor también reflexiona alrededor de esta sociedad actual, en la que se repele todo lo extraño (por eso incluye el término “inmunización”). Repele, en definitiva, la otredad. Y a partir de aquí entra en el núcleo del tema, en la comparativa del pasado y el presente con respecto a este tema. Pues dice que, antes, las enfermedades peligrosas eran las víricas como la gripe, y ahora son la depresión o la hiperactividad, que también se expanden como virus. La depresión, dice, es una enfermedad que la sociedad sufre por culpa de un exceso de positividad. Sí, de positividad, porque el autor también habla de positividad y negatividad, aunque no se ajusta a las definiciones que todos entendemos, si no que va más allá. Además de por la positividad, dice el autor que la depresión es causada por la incapacidad de decir que no y por creer que se está en condiciones de hacerlo todo. Así, antes explotaban al trabajador (represión) y ahora es el trabajador el que se auto-explota (depresión) para obtener lo mejor de sí mismo.

Pero este burnout o síndrome del trabajador quemado puede tener consecuencias fatales como el suicidio, y ya no habría ganadores en esta batalla tras la muerte del vencedor. Esto lo achaca el autor a la moderna pérdida de creencias, que hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero que crea intranquilidad y que ya ni siquiera las religiones intervienen de forma que puedan quitar el miedo a la muerte de la gente, por ejemplo (interpreto esto como una defensa de las religiones y la mitología por parte del autor).

A esta vida desnuda y efímera, tal y como la describe Byung-Chul Han, se reacciona con la hiperactividad y la histeria en el trabajo. Y, para cerrar el círculo, me parece interpretar en cierto momento de la lectura que el autor hace una defensa, aunque no estoy seguro, del dopaje (cuidado con la definición, que el autor no se ajusta a la entendida mayoritariamente) en esta sociedad de sobre-rendimiento laboral. Hablando de trabajo y de explotación, Byung-Chul Han no pasó por alto a Karl Marx y habló (muy por encima, eso sí) de la alienación. Por tanto, como se puede ver, el autor repasa de un lado a otro las opiniones de diferentes autores contemporáneos y antiguos sobre este tema.

Byung-Chul Han también diferencia entre depresión, duelo y melancolía, pues dice que en estas dos últimas, el individuo siente la pérdida de un objeto (no tiene por qué ser material, cuidado), mientras que en la depresión no pierde ningún objeto u objetivo. Yo no sé qué decir acerca de esto, pues realmente con la depresión (la frustración, por llamarla de algún modo, de no poder llegar adonde querías por más que te auto-explotas en el trabajo) también supone la pérdida de ese objetivo inalcanzable.

Pero bueno, no me gustaría terminar sin nombrar una frase bella de Walter Benjamin que el autor cita, en la que éste dice que el aburrimiento profundo es el pájaro del sueño que incuba el huevo de la experiencia y, según Benjamin, si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual.

Este es un tema que me interesa mucho y del que me gustaría escribir (y leer, por supuesto). Para acabar, citaré dos frases de la última página de este libro tan magnífico que recomiendo a todo aquel que quiera abrir un poco más los ojos a nuestra sociedad, entenderla e intentar saber hacia dónde camina para no tropezarse. Byung-Chul Han, como decía, termina su libro diciendo: “Vivimos en unos grandes almacenes transparentes en los que nos vigilan y manejan”. “Este mundo de mercancías no es apropiado para ser habitado“, concluye. Y habitado lo pone así, en cursiva, muy sugerente. Nada más que añadir a esta obra sublime.

“Un mundo feliz”, de Aldous Huxley

“Que el pájaro de voz más sonora

posado en el solitario árbol de Arabia

sea el triste heraldo y trompeta…”

Un mundo feliz (DeBolsillo, 2015), de Aldous Huxley y traducido por Ramón Hernández, es un libro que se sitúa en Londres en el año 632 después de Ford (no sabemos si después de su nacimiento o de su muerte, pero imagino que será después de su fallecimiento), lo que vendría a ser el año 2579 más o menos, una cifra totalmente futurista.

En la novela, un conjunto de personajes de lo más peculiares irán desfilando por delante del lector mientras se nos presenta el mundo utópico de Huxley del que tanto había oído hablar. En este mundo, reinado por los condicionamientos a los que todos los seres humanos están sometidos, vemos una sociedad en la que las clases sociales se han creado artificialmente, igual que se crean los seres humanos, que ya no nacen, sino que surgen por “decantación”.

Es terrorífico ver la naturalidad de todo lo que ocurre en este mundo donde ya no hay padres ni hermanos y donde viven, en el total del planeta, dos millones de personas que tienen que repartirse solo diez mil nombres entre todos (casualmente se nos presentan dos personajes, uno de ellos llamado Marx, que es uno de los protagonistas, y otro llamado Engels que apenas sale una vez, curioso…).

Los personajes principales son Bernard Marx, un chico que nació con un error de decantación según los rumores, y Lenina. Luego se nos presentará a un salvaje cuando estos dos viajen a una reserva donde hay humanos como los de antes, es decir, los que se casaban, los que creían en Dios, los que nacían a través de sus madres… donde hay, a fin de cuentas, enfermedades infecciosas, lenguas muertas como el español y sacerdotes (!). Bernard, que desde el principio apreciamos que es diferente a los demás (envueltos en pensamientos algodonados sobre la felicidad) conoce en la reserva de salvajes a uno de ellos, a John, y a su madre, Linda, que resulta ser una antigua civilizada que se perdió en la reserva de los salvajes en un viaje que hizo allí y que allí se quedó contra su voluntad.

Lenina quería acostarse con Bernard (en este mundo no existen lazos sentimentales, pues todos pertenecen a todos y pueden acostarse con ellos en cualquier momento y sin compromiso), pero al final se decanta por el salvaje, John, quien la rechaza y la agrede. A partir de aquí se suceden una serie de acciones trepidantes donde tendrá que intervenir la policía de aquel mundo (policía con máscaras de cerdito que disparan con pistolas de agua mezclada con anestésico). Cabe destacar, además, que en la historia es recurrente la aparición de la soma, una sustancia que los civilizados se toman y que es una droga sin efectos secundarios y muy efectiva y tranquilizadora. Así, para evitar que los civilizados se alteren, les administran soma (o se la administran ellos solitos) y evitan que estén estresados o irritados: siempre felices en el mundo feliz.

Los libros están prohibidos, al igual que creer en Dios, y el único Dios es Ford. Hay también numerosas citas de Otelo de Shakespeare en la obra, sobre todo en una discusión que mantienen el, aparentemente, jefe supremo de los civilizados y el salvaje John (es John el que le replica al otro con citas de Otelo, libro que encontró por casualidad en una gruta desconocida).

Puede parecer todo un gran lío, pero es tan sencillo como que, al final, Bernard es destinado a una isla (como Napoleón) por ir contra la civilización establecida, por no seguir la ortodoxia, es apartado de la sociedad sí civilizado para que no los corrompa. En definitiva, en esa sociedad civilizada se prioriza la felicidad sobre la verdad y la belleza, y Bernard y unos cuantos más que van a contracorriente lo priorizan al revés y se ven relegados a un segundo plano. Marchado éste a la isla, el salvaje se va al campo a vivir como un ermitaño (me recordó esta escena a la novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig, porque el protagonista también se convertía en un ermitaño que se iba a la montaña). Allí, el salvaje John emprenderá una vida dedicada a expiar sus culpas, pero la gente civilizada se verá atraída por la rutina curiosa de aquel excéntrico personaje de los montes. La curiosidad mató al gato, dicen. En este caso, la excesiva curiosidad de la sociedad civilizada hará que ocurra algo terrible que me resisto a desvelar.

Es TREMENDA esta novela. Y lo pongo así, en mayúsculas, porque no merece menos. Me he angustiado por momentos y me he sentido en una distopía real sin que, aparentemente, la escritura parezca excesivamente tensa ni trepidante. He ahí el mérito del autor. Creo que hay una frase que está al principio de la novela y que describe muy bien en torno a qué gira la historia: “Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”. El control férreo que ejercen sobre los seres no es latente o explícito como en 1984, de George Orwell, pero a través del soma, de la creación de humanos en cadena como si fueran objetos industriales, etcétera, consiguen construir una sociedad aparentemente feliz donde unas cuantas ovejas descarriadas son apartadas, no castigadas, pero sí relegadas a otra parte del mundo donde no molesten ni hagan ruido. Porque aquí se hace lo que diga yo. Y si yo digo que todos somos muy felices, lo somos. Y punto. ¿Verdad? Pues eso. Magnífica novela, más que recomendable.

“El mayorazgo de Labraz”, de Pío Baroja

El mayorazgo don Juan y su amada Marina patrocinan esta reseña.

El mayorazgo de Labraz (Espasa-Calpe, 1980), de Pío Baroja, es uno de los libros que pertenece a la trilogía de Tierra Vasca, y es una novela espléndida que se sitúa en Labraz, un pueblo no sabemos si real o ficticio del País Vasco. Ahí llegan al principio de la historia dos viajeros que luego se nos presentan como don Ramiro y doña Cesárea, ésta última llega enferma al pueblo abandonado, como la España de entonces. Y hago esta comparación porque la novela tiene un tejido de fondo bastante a tener en cuenta sobre la política y la vida social de la España del siglo XIX.

Cuando llega al pueblo, don Ramiro (que resulta ser un gitano con una historia interesante detrás) se ve con don Juan, que es el maestrazgo del pueblo. Don Juan es ciego y vive junto a Micaela y Rosarito, una niña alegre y encantadora. Don Ramiro, al llegar, parece fijarse en la joven Marina, una joven del pueblo a la que corteja. Sin embargo, con el paso de las páginas, Marina irá dejando paso al amor que Ramiro realmente siente por Micaela, pues don Ramiro y su acompañante se alojarán en casa del maestrazgo y allí comenzará su romance.

La enferma doña Cesárea morirá, y don Ramiro se verá libre para presumir de su amor por Micaela. Hasta tal punto que huirán del pueblo, llevando consigo alhajas robadas a la Virgen. El pueblo hará que el pobre maestrazgo pague estas alhajas. Para costearlas, pese a no haberlas robado él, hipotecará sus tierras. Y, para más desgracia, la niña Rosarito enfermará de tifus y morirá en su lecho algún tiempo después acompañada por el ciego don Juan y Marina, la joven que quiso cuidar a la niña en sus últimos días.

Así bien, fallecida Rosarito, la gente del pueblo va a casa de don Juan a hablarle sobre la relación que ellos creen que don Juan mantiene con Marina (que llevaba algún tiempo viviendo en su casa para cuidar de la niña). Don Juan, harto de los rumores y las habladurías de los ciudadanos ignorantes y vulgares, decide una noche quemar las tierras del pueblo y huir de él. Tiempo después, se llevará consigo a Marina, y ambos viajarán de pueblo en pueblo, viviendo breves aventuras y la novela terminará con un final descafeinado del que me esperaba más. Aun así, la historia ha sido tan maravillosa y ha estado tan bien escrita que el final no me ha desencantado tanto como merecería hacerlo.

Hay algunos personajes que no nos dejan indiferentes, como el Predicador o, sobre todo, el pintor inglés asentado en Labraz. Y también hay escenas nada desdeñables, como una en la que don Ramiro recuerda brevemente su niñez, y Baroja lo describe con una escritura soberbia que transmite mucha melancolía y que conmueve mucho el alma.

Como decía anteriormente, la novela tiene un trasfondo interesante que se basa en una crítica feroz a la iglesia y, concretamente, a los curas y abades, por una parte porque a los personajes eclesiásticos se les acusa de acudir a celestinas y aprovecharse de las muchachas, y por otra parte por su vicio de comer y de vestir sucios. Así, Baroja (según tengo entendido se auto-proclamaba un liberal radical) también deja entrever la relación de odio entre los abades y los liberales, pongo como ejemplo una escena en la que un abad dice que Espartero no le llega a Dios ni a la zapatilla. De liberales va la cosa hasta el punto de que cuatro versos que conforman la canción de un joven liberal del pueblo resume de manera sorprendente el trasfondo de la novela:

¿Cómo quieres que en Labraz

haya muchos liberales,

si son «tos» hijos de cura,

de canónigos y frailes?

También hay una crítica grande a la vida en las ciudades y a la avaricia cuando don Juan y Marina se encuentran a un “pobre” en mitad del campo en su huida de Labraz. Es esta una novela increíblemente recomendable, porque me parece muy española y muy a destacar la historia tan bien enlazada, tan amena y a la vez viva que se cuenta entre estas páginas. Me ha encantado, me ha gustado mucho, mucho. Y, más aún, recordando aquel artículo sobre Baroja que leí hace unos meses en Jot Down, muy recomendable también. Querido/a lector/a, lea mucho a Baroja, por favor. Gracias.

Ida Vitale, ganadora del Premio Cervantes 2018

La escritora uruguaya Ida Vitale, que recientemente cumplió los 95 años, fue galardonada ayer con el Premio Cervantes 2018. De esta escritora apenas escuché hablar hace varios meses en un podcast de un programa radiofónico literario.

Vitale se convierte en la quinta mujer en conseguir este premio en toda su historia (desde 1976). El galardón lleva entregándose desde hace unos años alternativamente a autores españoles y latinoamericanos. El año pasado, el galardonado fue el nicaragüense Sergio Ramírez, que en la entrega del premio el pasado mes de abril pidió paz para su pueblo por los disturbios y las muertes que se estaban produciendo en su país. Por tanto, parecía que este año ganaría un español, al menos así lo creían algunos medios, pero no, ha ganado otro autor (en este caso, autora) latinoamericano.

Con el reciente fallecimiento del escritor Fernando del Paso, ganador del Premio Cervantes 2015, este premio parece sacar músculo feminista como ya lo hicieron el Premio Princesa de Asturias de las Letras o el Herralde de Novela, entre otros, concedidos a mujeres este año.

“Fabulario”, de Hermann Hesse

Un conjunto de fabulaciones.

Fabulario (Santiago Rueda editor, 1977), de Hermann Hesse y traducido por Alberto Luis Bixio, es un libro que comprende numerosos relatos escritos en diferentes fechas (sobre todo en la década de 1900 y 1910) por el autor.

Este libro pertenecía a la biblioteca de mi padre, que me lo regaló el año pasado, y se nota que es antiguo y bastante usado, pues gran parte de sus páginas se han desprendido del libro. Ha quedado bastante roto, por tanto, pero así ha de quedarse.

La verdad es que Hesse ya me encantó tras leer dos de sus libros (en los próximos meses leeré el último libro que tengo en casa y que me queda por leer de Hesse). Este conjunto de cuentos, de fabulaciones, tenía buena pinta antes de comenzar a leerlo. Pero la impresión al terminarlo ha sido otra.

Los relatos que componen este libro están muy bien en general, en la línea de Hesse, pero son cuentos (yo diría que) monótonos, muy sobrios a veces en cuanto a la linealidad de las narraciones, donde suele haber personajes solitarios (me gustan, sí, pero que así sean los personajes de todos o casi todos los relatos acaba agotando al lector), reservados, introvertidos…

El relato que puede que se salga más de los márgenes establecidos de moralidad es el último, donde un hombre parece consumir sin querer una pastilla de droga que confunde con otro objeto. Y va al zoológico, donde comienzan a hablarle los animales, y se va desnudando hasta que se agarra a las rejas de una de las jaulas y se lo llevan al manicomio.

Los demás relatos, como decía, se centran mucho en el mismo camino, sin desviarse lo más mínimo. Y este camino es el de la religión y el misticismo. Es cierto que Demian giraba en torno a estos dos temas, pero estos relatos están, a veces, impregnados en exceso de ellos (el de la droga es una excepción, por ejemplo). También hay numerosas referencias literarias a Schiller, Hölderlin, Shakespeare o Goethe, pero principalmente Hesse quiere reflejar unos márgenes de vida ejemplar y moral a través de aspectos o personajes religiosos en sus relatos.

Por tanto, son buenos relatos, entretenidos y curiosos en ciertos detalles, pero han llegado a resultarme tediosos, lo cual es normal teniendo en cuenta que fueron escritos hace un siglo y la forma de escribir (y las historias que se cuentan) han cambiado, y lo que antes era un historia magnífica, hoy la tenemos ya aborrecida por las veces que nos la han presentado en el cine, en el teatro o en los mismos libros.

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