Juan del Val, ganador del Premio Primavera de Novela 2019

Hace unos días, el escritor Juan del Val fue galardonado con el Premio Primavera de Novela 2019. No soy muy fan de este premio, pues solo me he leído uno de sus libros premiados (Los invitados de la princesa, de Fernando Savater) y me desencantó bastante.

No me sonaba de nada Juan del Val, así que decidí a buscarlo en internet. Lo primero que leí: es el “esposo de Nuria Roca”. Luego, me metí en una noticia de ABC que encontré sobre el premio que había recibido y, ¡sorpresa!, en el subtítulo de la noticia aparece, otra vez, que es el “marido de Nuria Roca”. Curioso.

Como es uno de los premios literarios más importantes de España (así lo considero yo), no puedo menos que anunciar al ganador y su obra, llamada, por cierto, Candela. Y lo publico para todo aquel/la que le interese este premio o pueda interesarle lo que escribe este autor. Yo seguiré por otros derroteros que, por ahora, me va mejor.

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“España invertebrada y otros ensayos”, de Ortega y Gasset

La historia de España entera ha sido la historia de una decadencia

José Ortega y Gasset, España invertebrada y otros ensayos

España invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos y otros ensayos (Alianza, 2014), de José Ortega y Gasset, es un libro que tiene frases tan optimistas como la que encabeza esta reseña. Y no podemos decir que Ortega fuera pesimista o que odiara a España, al contrario, la amaba tanto que ve sus defectos donde incluso ni ella misma los ve.

Yo estudié a Ortega y Gasset muy por encima en segundo de bachillerato, y aprendí, entre muchas otras cosas, que estudió el bachillerato en un instituto de mi ciudad antes de irse a Madrid a convertirse en un filósofo reconocido internacionalmente y a escribir grandes obras como esta. El libro cuenta primeramente con una nota preliminar y con dos prólogos de Ortega, uno de ellos cuando el libro llegó a su segunda edición y el otro cuando llegó a la cuarta (el libro se empezó publicando por fascículos en 1920 o 1921 en el diario El Sol y pocos años después se publicó en forma de libro).

Han pasado, por tanto, 99 años desde que Ortega escribió estas páginas, pero algunos de los temas que explica son tan actuales que asusta. Ortega habla, en general, sobre los problemas sociales y políticos que España padecía en las primeras décadas del siglo XX y sobre sus causas a lo largo en la historia de nuestro país, alegando que tanto la grandiosidad que tuvo España antaño como su decadencia actual son más aparentes que reales.

Ortega habla, por ejemplo, de un término curioso: la “incorporación”, que se asemeja al de convivencia de territorios. Y este término aparece a colación de un tema recurrente en la época de Ortega y en la nuestra: los separatismos, concretamente el catalán y el vasco. Dice Ortega que la unidad de España fue hecha para intentarla, pero que los separatismos son parte de esa desintegración de España que se inició en el siglo XVI y que acabó con todas las colonias y que ahora (hace 99 años y ahora también) quiere acabar con la estructura interna.

Es este un tema árido y delicado que Ortega no deja atrás, por suerte, porque me ha gustado cómo ha hablado sobre él en el libro, relacionándolo con otros términos como el de “particularismo”, que podría decirse que es lo opuesto a la “incorporación” porque, en el particularismo, las partes de España viven aparte, unos territorios se desentienden de los otros y no comparten sus esperanzas ni deseos. Para qué seguir viviendo o conviviendo juntos tantos pueblos distintos, argumentan estos pueblos (o naciones históricas o como se les quiera llamar, sea como fuere siguen siendo comunidades autónomas) que se creen con potestad y recursos suficientes como para subsistir por sí solos, aunque dejen “tirados” a los demás.

Sin embargo, dice Ortega que España es ya “más que un pueblo” (me recuerda al més que un club del Camp Nou), la polvareda que queda, confiesa Ortega desesperanzado. También toca Ortega otros temas como la tradicional repugnancia de los españoles hacia sus políticos, y nombra a los pronunciamientos (sin saber lo que se le venía encima a España unos años más tarde). Con respecto a la susodicha repugnancia, Ortega explica que los españoles padecemos “aristofobia” u odio a los mejores. Es decir, según Ortega, en España hay mucha masa y pocas cabezas ilustradas. Y no se puede construir el ideal de una sociedad sin diferencias jerárquicas ni sin aristocracia.

Mientras en Europa reinaba el feudalismo, en España estaban los árabes (lo que dice Ortega que parecería una ventaja, pero que luego resultaría ser una desventaja, un retraso con respecto al resto de nuestros países vecinos occidentales). Igualmente, la unificación que hubo también dio un resultado espléndido (y dio lugar a la época más gloriosa de España), pero al final la unificación se fue desmembrando hasta llegar a nuestros días. “En nuestro pasado, la anormalidad ha sido lo normal”, dice Ortega. Y creo que es una frase que resume todo lo anterior de forma espléndida y escueta.

Finalmente, el libro termina con una Addenda (que es una especie de conclusión) y con dos ensayos breves, el último de los cuales termina en mitad de una frase porque ahí se interrumpió la escritura de Ortega por alguna razón que desconozco.

En definitiva, este es un libro que tenía muchas ganas de abordar. Pensaba que sería más extenso y más técnico, pero ha sido muy breve y fácil de comprender, salvo unas pocas excepciones. Creo que es esencial adentrarse en la obra de filósofos como Ortega y Gasset. Lo recomiendo encarecidamente. Si creyera en la función vital de las lecturas obligatorias, lo pondría como lectura obligatoria en bachillerato y en algunos grados universitarios. Pero como creo que estas lecturas obligatorias lo que hacen mayormente es crear odio hacia la lectura por parte de los estudiantes al verse obligados a hacer algo que moralmente les han dicho que es bueno pero que a ellos no les atrae, pues declino la oferta. Este libro, como todos, es para disfrutarlo. Y yo he disfrutado mucho aprendiendo sobre la historia de mi país y sobre el pensamiento de uno de los filósofos más importantes de la historia del mismo.

“Muertos a la carta”, de Pablo Cazaux

¿Le apetece para almorzar un delicioso muerto a la brasa?

Muertos a la carta (Menoscuarto, 2017), de Pablo Cazaux, es un libro extraño. Ganador del IX Premio Tristana de Novela Fantástica, su historia se centra en la vida de un chef que, cada día durante dos semanas, prepara una comida especial que se ajuste a la personalidad de cada comensal que va a su restaurante. Pero sus comensales no son nada comunes, al contrario, son excéntricos personajes, a cual más extraño: uno es un sicario que lleva años intentando matar a su último encargo, otros son un matrimonio mal avenido y cercano al divorcio por una infidelidad de la mujer, etcétera.

Esos invitados, rodeados todos ellos por un aura de muerte y asesinato, desconocen precisamente eso: que están muertos. Van al restaurante del chef sin saber la razón, y el chef se encarga allí de hacerles hablar y les “expía las culpas” para que ellos cuenten qué hicieron mal en la vida y qué los tiene amargados. Luego, el chef les hace entrar en razón (si es que existe la razón en ese hipotético más allá, porque muchas veces la echamos de menos incluso en la Tierra) y les cuenta que están muertos y que deben cruzar una puerta del restaurante (!) para ir, digamos, al descanso eterno.

Sin embargo, la aparición de una mujer y un enano mudo traerán de cabeza al chef, que tendrá que hacerles hablar, y ellos contarán su historia, su pasado, el dolor que sufrieron y la venganza a la que sucumbieron, los pactos que hicieron con extraños entes para vengarse de los que les causaron dolor, etcétera. Finalmente, el último día saldrá a la luz el triste y cruel pasado del chef, que se unirá a un final de novela original e interesante que me abstengo de contar aquí.

Me compré este libro porque lo recomendaron, si no recuerdo mal, en un programa de televisión literario de corto recorrido que yo veía llamado Libros con uasabi (presentado por el mítico Fernando Sánchez Dragó). Me gustó el título y debí de escuchar mal el resumen que hicieron sobre él, porque yo creía que los muertos que visitaban el restaurante eran escritores de la vida real (como si fueran James Joyce, Herman Melville, Miguel de Cervantes y gente por el estilo en lugar de anónimos con historias espeluznantes).

Es este, ya lo he leído en alguna crítica anónima, un “libro extraño”. Me esperaba mucho más, la verdad. No es una novela mala, digamos, porque no la habría terminado de ser así, o la estaría criticando mucho. Simplemente, creo que es muy llana, que las historias que cuentan los comensales que llegan son espléndidas a veces, pero poco más (o quizás las historias sean buenas, pero el problema radique en cómo las cuenta el autor). La historia del chef, por ejemplo, me parece muy plana.

Me gustaría destacar la última frase del último párrafo del libro, que me parece muy bonita, pero no la voy a poner porque fuera de contexto es una frase sin más atractivo. Me resulta extraño hacer una reseña tan escueta, pero este libro, además de ser breve, apenas tiene sustancia, y creo que incluso en lo que he contado ya he desvelado el quid de la historia. Sea como fuere, le invito a leer la sinopsis del libro y a interesarse por él. Pero vamos, que prefiero “recomendarle encarecidamente” (como yo suelo decir) otros libros antes que este. Lo siento, esta vez no hubo suerte.

“Ordesa”, de Manuel Vilas

Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré.

Nunca lo soporté.

Manuel Vilas, Ordesa

Ordesa (Alfaguara, 2018), de Manuel Vilas, es un libro que, como muchos ya sabréis, ha sido un súperventas durante 2018 y lo está siendo en este 2019 tanto en español (donde ya llevará una decena de ediciones más o menos) como en otros idiomas, como el italiano, donde hace poco alcanzó la segunda edición.

No soy nada aficionado a los libros que salen en los medios de comunicación, esos libros de autores muy conocidos que las masas acuden a comprar en tropel. Me abstengo de calificar la calidad literaria de esos libros, pero prefiero optar por otros caminos, por otros libros a los que no estén prestando atención en ese momento. Sin embargo, con Ordesa me ha ocurrido algo extraño. Me vi atraído por él desde el principio pese a que la sinopsis de su contraportada no me gustaba y las reseñas que leía no terminaban de convencerme. Hasta que me decidí a comprarlo y leerlo. Y creo que es la mejor decisión que he tomado en estos dos meses de 2019.

He de admitir que tampoco soy nada aficionado a los libros editados por Alfaguara, ya que los que he leído de dicha editorial hasta ahora me han desencantado o decepcionado directamente. Pero con este, Alfaguara se ha lucido y he vuelto a tomarla en estima.

Desde el principio supe que iba a ser uno de mis libros favoritos, y recién acabado lo ratifico. Esta es una novela un tanto especial de Manuel Vilas, pues contiene trazas autobiográficas y está protagonizada por un individuo muy parecido a Vilas que, de hecho, se llama Manuel y nació en el mismo pueblo que el autor. En este libro, el protagonista nos habla sobre su infancia en Barbastro (Huesca), con la figura lejana de Ordesa como un paraíso donde su padre era feliz cada vez que iban. Habla, pues, sobre sus padres, ahora muertos, con una escritura triste y cansada, sin ser desesperada ni impaciente, al contrario. No tiene prisa porque sabe que la prisa no existe: él ya ha visto dónde está el final y prefiere esperarlo escribiendo sus memorias.

Todo el pasado de Manuel se hundió cuando murió su madre tras haber pasado por problemas matrimoniales, por un divorcio, por el abandono de sus hijos (no los culpa de que lo tengan abandonado porque él abandonó igualmente a su madre, resignándose a una especie de karma).

Es una de las novelas más duras que he leído nunca, junto a Mortal y rosa y La hora violeta. Al final son las tragedias las que nos desnudan. Porque sus padres, los padres de este tal Manuel, nunca le dijeron te quiero. Y por un momento echo de menos la voz de sus padres. Sí, yo la echo de menos sin haberla escuchado nunca, porque puedo imaginarme dos cuerpos ya inertes fingiendo que viven cuando leo este libro.

A lo largo de estas páginas hay un catálogo de muertos y cadáveres que se pasean libremente y que le hacen a uno encogérsele el corazón. No para de hablar y preguntarse Manuel sobre los muertos, lo que ellos vivieron, los muertos que esos muertos conocieron. Porque Manuel está asfixiado por la soledad, por la historia de una familia repleta de nombres de músicos famosos que le aborda por cada esquina que pasa, por cada recuerdo que recuerda, por cada pensamiento que piensa, a la par que repasa una historia breve, pero precisa, de la sociedad de la España franquista.

Esta es una novela desgarradora, de esas que te devoran por dentro y te gusta cómo van dejándote sin entrañas. Como el águila que bajaba cada día a comerse el hígado de Prometeo, Ordesa venía a mí en cada página a dejarme hueco por dentro, encogido todo el cuerpo y tensados los músculos, esperando el devenir de una historia lenta y oscura como es esta.

Al final, el libro acompaña la historia con un epílogo repleto de versos rabiosamente escritos, dolorosamente plasmados sobre el papel. Sin llegar a llorar en ningún momento, este libro sí ha conseguido que me identifique en él en cierto modo, que comprenda al protagonista, que lo compadezca. Como un mártir que arrastra su culpa por el Purgatorio, Manuel nos presenta en bandeja de plata esta, su historia, para que la contemplemos atónitos y oremos por su alma inocente.

Por eso, Ordesa no puede dejar indiferente a nadie. Estaba deseando leer este libro, formar parte de la historia como uno más de los protagonistas, existir, al menos, para Manuel. Y sentir el ruido ensordecedor del silencio en el corazón de los hombres. Así que, en definitiva, más que recomendable esta obra de arte.

“Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla

¿No es verdad, ángel de amor, que en esta antigua obrilla se conoce más a Zorrilla y se lee mejor?

Don Juan Tenorio (Espasa-Calpe, 1993), de José Zorrilla, es un libro que tenía pendiente porque el autor tiene mi corazón. Visité Valladolid en el verano de 2016, y allí conocí más en profundidad la vida de dos grandes escritores de la ciudad (Miguel Delibes y José Zorrilla) al visitar sus casas natales. Desde entonces, me he introducido en la lectura de ambos autores y me han gustado por igual (muchísimo). Los tengo en un pedestal.

Don Juan Tenorio por todos es sabido que es una obra de teatro en verso. Además, esta edición cuenta con una introducción de Francisco Nieva donde el dramaturgo nos presenta la tradición de otros donjuanes de la literatura (como el de Tirso de Molina) e, incluso, de los donjuanes presentes en otras artes como la música (como el de Mozart). Que esté escrita en verso no me ha dificultado su “inteligibilidad”, como a algunos les pasa, ni mucho menos. Además, me encanta la rima, y esta obra ha sido un deleite total.

En la obra nos encontramos con Don Juan Tenorio, nuestro protagonista, y a Don Luis, un hombre al que desafía para ver cuál de los dos, tras regresar de sus respectivos viajes, ha vivido más experiencias. Entonces, Don Juan Tenorio, sabiendo que Don Luis está prometido con Doña Ana de Pantoja, le avisa de que le va a robar a su amada. Y se baten en duelo. Sin embargo, los alguaciles los detienen antes de que comiencen los golpes.

Don Juan tenía la intención de robar a Doña Ana, pero también quería el amor de Doña Inés. El padre de Doña Inés, Don Gonzalo, quiere impedirlo a toda costa porque conoce las intenciones de Don Juan, el depravado ligón de la época. En pleno apogeo de ligues y robos, entre rima y rima, Don Juan se verá acorralado en su propia casa por Don Luis, que viene a matarlo por amenazarle con robarle a su amada, y por Don Gonzalo, que quiere que le devuelva a su hija, a la que Don Juan ha escondido en una habitación de la casa. Pero Don Juan estuvo avispado y los mató a ambos con ayuda de un arma y huyó al extranjero. Hasta aquí la primera parte de la obra.

La segunda parte se desarrolla unos años más tarde, cuando Don Juan acude de nuevo al cementerio de Sevilla y contempla que allí yacen los cuerpos de Don Luis, de Don Gonzalo… ¡y también el de su querida Doña Inés! Será el espíritu de Doña Inés el que atemorice a Don Juan cuando se le aparezca en mitad de la noche (por eso esta obra se representa tradicionalmente la noche de Todos los Santos). Cuando Don Juan marcha a cenar con dos de sus amigos de toda la vida, la estatua de Don Gonzalo que había sobre su tumba se presenta en su casa y desembocará en el fin de Don Juan y de la obra. Pues le vaticinará su final, y Don Juan se verá abocado a él un rato después.

Así, ya muerto, Don Juan volverá a estar en el cementerio, con el espíritu de Doña Inés presente. Don Juan ya se quejó de su mala suerte (!) casi al final de libro, cuando dijo: “Llamé al cielo, y no me oyó; / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo, no yo.”

Pero serán las últimas palabras de la obra, que saldrán de la espectral boca de Don Juan, las que me marquen considerablemente por su carga poética, sentimental y romántica: “¡Clemente Dios, gloria a Ti! / Mañana a los sevillanos / aterrará el creer que a manos / de mis víctimas caí. / Mas es justo; quede aquí / al universo notorio / que, pues me abre el purgatorio / un punto de penitencia, / es el Dios de la clemencia / el Dios de Don Juan Tenorio.” No me digáis que no es precioso este final. Pues como este final es casi toda la obra, así de espectacular.

Como los versos que le dedica Don Juan a Doña Inés y que luego tanto coraje le darían a Zorrilla ya están tan manidos, pues he querido destacar esos, que me parecen igualmente espléndidos. Es una obra clásica, y aunque la tengamos tan presente, hay que leerla para valorarla realmente. No es nada densa ni pesada de leer, al contrario, es un hermoso placer que se bebe como el agua fría en un caluroso día de verano. Larga vida a esta obra de arte (y de teatro) y a mi querido José Zorrilla.

P.D.: El pasado sábado 2 de febrero asistí a la representación teatral de esta obra en un teatro de mi ciudad y me puso los pelos de punta. Increíble. Más que recomendable la representación al igual que el libro.

Elvira Sastre, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2019

La poeta segoviana Elvira Sastre fue galardonada ayer con el Premio Biblioteca Breve 2019 por su libro Día sin ti, al parecer, una novela sobre amores truncados.

Cuando vi la noticia ayer sentí cómo se me henchía el pecho ante tal noticia. Durante mi adolescencia (de la cual no hace mucho) solía leer poemas de Elvira Sastre por recomendación de una amiga, y no conocía su faceta novelística.

Estoy bastante contento de que se lo hayan dado a una escritora mujer y bastante joven como es ella. Deseando estoy de poder seguir sus pasos en el mundo de la literatura.

“La expulsión de lo distinto”, de Byung-Chul Han

Ante la producción en serie, la reivindicación de lo distinto.

La expulsión de lo distinto. Percepción y comunicación en la sociedad actual (Herder, 2018), de Byung-Chul Han y traducido por Alberto Ciria, es un libro que me llamó la atención por su título. Personalmente, creo que soy una especie diferente al resto de mortales, porque soy muy distinto en tantos aspectos que me identifiqué al ver este libro. Por supuesto, este ensayo no trata sobre lo distintas que pueden ser las personas entre ellas, sino de temas mucho más complejos. Byung-Chul Han es muy complicado de entender, al menos para mí, pero he conseguido empatizar más con este libro que con La sociedad del cansancio.

En este libro, Han introduce el tema del título, es decir, el rechazo de lo distinto, que da lugar a la proliferación de lo igual. El rechazo de lo distinto nos lleva a que todos hagamos lo mismo, a conocer a la misma gente, a la gente que comparte nuestra misma ideología, costumbres o idioma, a alejarnos de los desconocidos, etcétera. Dice, por ejemplo, que en la pornografía todos los cuerpos son iguales y que no hay diferencias aparte de lo sexual. ¿Por qué? Pues dice Han que la anomalía, lo distinto, genera rechazo y está peor visto. E, igualmente, asegura que el mundo actual es un infierno de lo igual que hace que los hombres (imagino que con “hombres” se referirá también a las mujeres) sean muñecos manejados a distancia. La globalización lo iguala todo. Y a partir de aquí, monstruos.

Han presenta al terrorismo islamista, que en los últimos tiempos nos acecha y nos mata, como una lucha entre el terror de lo singular y el terror de lo global. Así, las Torres Gemelas serían dos estructuras iguales que se reflejan entre ellas y que cierran un espacio igual, espacio que los terroristas rompieron en su afán por romper con lo igual. El autor coreano también refiere en su libro términos como “positividad”, “negatividad”, “inmunidad” y “burnout o síndrome del trabajador quemado”, como en su otro libro. Y en este, como novedad, introduce el de “neoliberalismo”, una estructura que, según interpreto por cómo habla de ella Han, es destructiva, porque lo iguala todo y rechaza lo distinto. Para frenar esto, Han desea una paz global donde lo universal aúne lo global y lo singular y no solo lo primero.

Del terrorismo pasa a la Unión Europea, comunidad europea que dice que solo mira por sus propios intereses, y explica que la UE para Immanuel Kant no sería “una construcción racional” ni una alianza de pueblos comprometida en defender valores universales como la dignidad humana (hablando sobre los refugiados). “Para escapar del atormentante vacío”, dice Han, hoy se echa mano de la cuchilla de afeitar (y no para afeitarse precisamente) o del Smartphone. Porque el autor también habla sobre los selfies, y se pregunta seriamente si podríamos comparar la psicología del terror con la del selfie, el botón de las bombas con el de la cámara del móvil, la necesidad de llenar un vacío y de llenar el otro…

Ya hacia el final del libro, se desvía hacia la periferia del tema central y trata aspectos como la mirada y la voz cuando estas se presentan como “distintas”. Hable de una cosa o de otra, a lo largo del libro nombra en numerables ocasiones a filósofos como Heidegger y Kant, y a poetas como Paul Célan. Aparte de la mirada y de la voz, Han también habla de otro sentido, el oído, para reclamar que se escuche más, augurando un futuro en el que habrá una profesión que será la de “oyente”, pues no habrá nadie que nos escuche (no es nada optimista, aunque tampoco se precipita a vaticinar el fin del mundo para mañana mismo).

Así, desde la hipercomunicación a la que estamos sometidos, el amor, el ego y el narcisismo, que son consecuencias del neoliberalismo, Han hace un repaso y toca diferentes palos de la política y la filosofía refiriéndolos al presente inmediato y a lo que podría depararnos el futuro. Sea como fuere, lo distinto (que es el tema principal del libro, pero ni mucho menos el único) se rechaza para crear lo que parece ser un rebaño uniforme de ovejas sumisas, todas igual de blanquitas y lanosas, guiadas por el pastor. Como salga alguna oveja negra que prefiera investigar por su cuenta, es castigada, etiquetada, estigmatizada…

Así que, ya sabe usted, querido lector o lectora de esta reseña, sea bueno o buena (pero permítase el lujo de leer este libro tan breve como jugoso)…

…Y sáltese las reglas mientras nadie le vea. Suerte.

Antonio Soler, ganador del Premio Umbral 2019

Mi paisano, el escritor malagueño Antonio Soler, ha sido galardonado con el Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2019 por su novela Sur, situada es una ciudad que perfectamente podría ser Málaga.

No, no he leído su tan aclamada novela, pero no me han faltado ganas. Siento decir que no ha pasado la criba para meterse en mi lista de libros por comprarme. Su sinopsis es atractiva y tentadora, pero no termina de convencerme, aunque volveré a leerla por si se me pasó algún detalle que pueda terminar de convencerme.

Sea como fuere, animo a todos y todas a leer su sinopsis, porque pueden caer cautivos de su poderío narrativo.

“El señor de los jardines negros”, de André-Marcel Adamek

Una novela en ruinas.

El señor de los jardines negros (Bassarai, 2007), de André-Marcel Adamek y traducido por Blanca Gago Domínguez, es un libro que me costó bastante encontrar. No sé dónde leí la sinopsis que me cautivó, pero tuve que comprarlo de segunda mano porque me fue casi imposible encontrarlo. Y el libro está en ruinas, pues la contraportada está llena de humedades que decoloran parte del verde y que crean curiosos círculos de humedad, a cual más extraño y asqueroso. Está tan en ruinas como el pueblo del que se habla en la propia novela.

En ella, se nos presenta un pueblo en ruinas como ya digo, y a una pareja que vive en el campo cercano a él: Simon y Rachel. Parecen de lo más normal, pero luego iremos descubriendo facetas de ellos que nos harán pensar mal sobre sus actitudes. Quentin y Anaïs, por otra parte, son una pareja que se muda junto a sus tres hijos a una casa cercana a la de Simon y Rachel.

El narrador se va alternando y va pasando de ser Simon a ser Anaïs, porque son las piezas más fuertes de cada una de las dos familias, las dos piezas que van a mover el resto del tablero por sí solas. A través de estos narradores, vamos descubriendo la personalidad perversa de Simon, y vemos desde sus ojos a su mujer, Rachel, una mujer de lo más detestable, falsa, cotilla y muy criticona con los nuevos vecinos. Simon, por su parte, no se queda atrás, y critica a Quentin por ser tan vago (en la mudanza se dedicó a apuntar los objetos que habían llegado en un cuaderno, sin hacer ningún esfuerzo físico para transportar muebles), sin saber su situación personal: Quentin estaba esperando ser trasplantado del corazón en cuanto hubiera uno disponible.

Quentin y Anaïs tienen tres hijos, y uno de ellos es una niña llamada Yolande que tiene una deficiencia mental que retrasa el aprendizaje, pues con trece años no sabe hablar y se comporta de manera infantil. Para complacerla y proteger la nueva casa de las ratas, Quentin y Anaïs compran un pequeño perro, que se hace amigo inseparable de Yolande. Al otro lado de las casas están las ruinas del pueblo, que fue arrasado por la peste siglos atrás y que ahora está infestado de víboras. Allí, en las ruinas, tiene Simon una parcela de tierra a la que llama “los jardines negros”, lo que hace suponer que el señor de los jardines negros del que habla el título es Simon.

La sinopsis habla, por ejemplo, de las víboras que infestan el pueblo en ruinas, pero éstas nunca aparecen en el libro, solo se habla de ellas unas pocas veces. Creía, igualmente, que el pueblo en ruinas tendría mayor protagonismo en la historia, quizá porque se produjeran apariciones fantasmales en él durante el transcurso de la historia, pues había muchas leyendas sobre ello, pero no se produce nada de eso.

En el libro, como es de suponer, se evoca la vida rural, el bucolismo, aunque muy de pasada, y también la historia está cargada de filosofía, sobre todo en la desesperación que sufre Simon al saber que, tras su muerte, todo el trabajo de sus tierras se perderá, pues su único hijo (que ha tenido la desfachatez de casarse con una mujer negra, piensa Simon, haciendo alarde de la común mente rural tradicional) vive en la ciudad y se desentiende de todo lo rural (existe un conflicto entre Simon y su hijo que, aunque está en un segundo plano, hace mella en ambos).

Simon también tiene un conflicto latente con Rachel, pues la detesta, y permanece alejado de ella lo máximo posible para dedicarse a espiar la casa de sus vecinos nuevos (a Simon le pegaría cantar esta canción noventera que me encanta) y, sobre todo, a Anaïs, y ella sabe que Simon la espía. Un día, de repente, una tormenta pilla a la familia de Quentin y Anaïs dando un paseo por el bosque y hace que el perro se pierda. Y unos días más tarde, Simon encuentra al perro en el subsuelo, al que había llegado tras caer por una grieta en el suelo. Le va dando comida y lo mantiene con vida para utilizarlo como chantaje frente a Anaïs, que quiere saber dónde está y recuperarlo desesperadamente por su hija Yolande, cuya salud ha empeorado tras la desaparición del animal.

Así, Anaïs parece intuir los intereses de Simon por su cuerpo y ambos comienzan a mantener un lejano contacto visual a través de las ventanas de sus casas a altas horas de la noche. Otro acontecimiento repentino precipitará la situación en ambas familias, pues este hecho afectará a ambas casualmente. Todo se ve abocado a un final desgraciado (un final que no contaré pese a mis ganas de hacerlo porque toda la historia está dirigida a ese final, el final lo es todo en la historia, aunque tampoco es para tirar cohetes) para una de las partes, quizá por el karma pensarán aquellos que crean en él.

El libro es brevísimo y, como dije más arriba, me esperaba algo más de la historia. Pero bueno, para lo breve que es no está mal. Lo peor que puedo destacar es un poco de decepción sobre el papel que juega el pueblo en ruinas y sobre el final de la historia, y también que, a lo largo del libro, aparece cuatro veces la palabra “trasplante” mal escrita (pone “transplante”), algo que quiero destacar porque es un error común que incluso yo cometía hasta hace poco.

Sea como fuere, es una historia entretenida y atípica de un autor poco conocido y de una editorial también poco conocida (al menos por mí). Me ha permitido salirme de los márgenes de los clásicos o de los libros actuales que tanto se publicitan para beber un poco de esa literatura subterránea que sigue ahí aunque no la veamos y que es tan merecedora de nuestra atención como toda la demás.

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