Autor extranjero·Narrativa

“Un mundo feliz”, de Aldous Huxley

“Que el pájaro de voz más sonora

posado en el solitario árbol de Arabia

sea el triste heraldo y trompeta…”

Un mundo feliz (DeBolsillo, 2015), de Aldous Huxley y traducido por Ramón Hernández, es un libro que se sitúa en Londres en el año 632 después de Ford (no sabemos si después de su nacimiento o de su muerte, pero imagino que será después de su fallecimiento), lo que vendría a ser el año 2579 más o menos, una cifra totalmente futurista.

En la novela, un conjunto de personajes de lo más peculiares irán desfilando por delante del lector mientras se nos presenta el mundo utópico de Huxley del que tanto había oído hablar. En este mundo, reinado por los condicionamientos a los que todos los seres humanos están sometidos, vemos una sociedad en la que las clases sociales se han creado artificialmente, igual que se crean los seres humanos, que ya no nacen, sino que surgen por “decantación”.

Es terrorífico ver la naturalidad de todo lo que ocurre en este mundo donde ya no hay padres ni hermanos y donde viven, en el total del planeta, dos millones de personas que tienen que repartirse solo diez mil nombres entre todos (casualmente se nos presentan dos personajes, uno de ellos llamado Marx, que es uno de los protagonistas, y otro llamado Engels que apenas sale una vez, curioso…).

Los personajes principales son Bernard Marx, un chico que nació con un error de decantación según los rumores, y Lenina. Luego se nos presentará a un salvaje cuando estos dos viajen a una reserva donde hay humanos como los de antes, es decir, los que se casaban, los que creían en Dios, los que nacían a través de sus madres… donde hay, a fin de cuentas, enfermedades infecciosas, lenguas muertas como el español y sacerdotes (!). Bernard, que desde el principio apreciamos que es diferente a los demás (envueltos en pensamientos algodonados sobre la felicidad) conoce en la reserva de salvajes a uno de ellos, a John, y a su madre, Linda, que resulta ser una antigua civilizada que se perdió en la reserva de los salvajes en un viaje que hizo allí y que allí se quedó contra su voluntad.

Lenina quería acostarse con Bernard (en este mundo no existen lazos sentimentales, pues todos pertenecen a todos y pueden acostarse con ellos en cualquier momento y sin compromiso), pero al final se decanta por el salvaje, John, quien la rechaza y la agrede. A partir de aquí se suceden una serie de acciones trepidantes donde tendrá que intervenir la policía de aquel mundo (policía con máscaras de cerdito que disparan con pistolas de agua mezclada con anestésico). Cabe destacar, además, que en la historia es recurrente la aparición de la soma, una sustancia que los civilizados se toman y que es una droga sin efectos secundarios y muy efectiva y tranquilizadora. Así, para evitar que los civilizados se alteren, les administran soma (o se la administran ellos solitos) y evitan que estén estresados o irritados: siempre felices en el mundo feliz.

Los libros están prohibidos, al igual que creer en Dios, y el único Dios es Ford. Hay también numerosas citas de Otelo de Shakespeare en la obra, sobre todo en una discusión que mantienen el, aparentemente, jefe supremo de los civilizados y el salvaje John (es John el que le replica al otro con citas de Otelo, libro que encontró por casualidad en una gruta desconocida).

Puede parecer todo un gran lío, pero es tan sencillo como que, al final, Bernard es destinado a una isla (como Napoleón) por ir contra la civilización establecida, por no seguir la ortodoxia, es apartado de la sociedad sí civilizado para que no los corrompa. En definitiva, en esa sociedad civilizada se prioriza la felicidad sobre la verdad y la belleza, y Bernard y unos cuantos más que van a contracorriente lo priorizan al revés y se ven relegados a un segundo plano. Marchado éste a la isla, el salvaje se va al campo a vivir como un ermitaño (me recordó esta escena a la novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig, porque el protagonista también se convertía en un ermitaño que se iba a la montaña). Allí, el salvaje John emprenderá una vida dedicada a expiar sus culpas, pero la gente civilizada se verá atraída por la rutina curiosa de aquel excéntrico personaje de los montes. La curiosidad mató al gato, dicen. En este caso, la excesiva curiosidad de la sociedad civilizada hará que ocurra algo terrible que me resisto a desvelar.

Es TREMENDA esta novela. Y lo pongo así, en mayúsculas, porque no merece menos. Me he angustiado por momentos y me he sentido en una distopía real sin que, aparentemente, la escritura parezca excesivamente tensa ni trepidante. He ahí el mérito del autor. Creo que hay una frase que está al principio de la novela y que describe muy bien en torno a qué gira la historia: “Todo condicionamiento se dirige a lograr que la gente ame su inevitable destino social”. El control férreo que ejercen sobre los seres no es latente o explícito como en 1984, de George Orwell, pero a través del soma, de la creación de humanos en cadena como si fueran objetos industriales, etcétera, consiguen construir una sociedad aparentemente feliz donde unas cuantas ovejas descarriadas son apartadas, no castigadas, pero sí relegadas a otra parte del mundo donde no molesten ni hagan ruido. Porque aquí se hace lo que diga yo. Y si yo digo que todos somos muy felices, lo somos. Y punto. ¿Verdad? Pues eso. Magnífica novela, más que recomendable.

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2 comentarios sobre ““Un mundo feliz”, de Aldous Huxley

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