Autor extranjero·Narrativa

“Novecento”, de Alessandro Baricco

Novecientas veces Novecento. O mil.

Novecento. La leyenda del pianista en el océano (Anagrama, 2015), de Alessandro Baricco y traducido por Xavier González Rovira, es un libro que puede herir sensibilidades. Puede leerse novecientas veces, o incluso mil, y seguirás quedándote con ganas de más. Más que una novela es una obra de teatro escrita como tal que incluye, como debe ser, incluso acotaciones. Es un libro brevísimo que apenas supera las ochenta páginas y que no tiene capítulos, pero es muy intenso y muy fiel al estilo de Baricco, del que ya he leído tres libros (con este son cuatro, todos ellos firmados por él mismo cuando tuve la suerte de verle en la Feria del Libro de Granada en 2018).

Este libro comienza presentándonos al protagonista, un trompetista que, con diecisiete años, se sube al Virginian, un barco de más de mil pasajeros comparable al Titanic, tal y como se dice en la propia historia. Y, por cierto, este también se hunde mientras sigue sonando la música, no de violines, sino de piano. Porque el trompetista conocerá en el barco a un tipo curioso de nombre muy largo y, como última palabra en el nombre, Novecento, que es como lo conocen en el barco.

Novecento es un pianista, tal y como se nos presenta después (el libro hace algunos saltos en el tiempo entre la actualidad y la infancia de Novecento), que fue abandonado por unos emigrantes allí en el barco. Un maquinista del mismo lo “adoptó” en el primer año del siglo XX, por eso le puso como último nombre Novecento, y lo crio hasta su muerte. Una vez fallecido Danny el maquinista, algunos miembros de la tripulación pensaron en dejar al pequeño Novecento en tierra y seguir navegando, pero este se ocultó con mucha astucia y reapareció cuando el barco ya estaba en alta mar, tocando el piano. Y, a partir de entonces, se convirtió en el pianista de aquel barco y nunca en su vida tocó tierra.

Novecento decía que no era fácil bajarse del océano. Eso le cuenta al trompetista una noche de tormenta. Porque Novecento no necesitaba bajarse para ver el mundo. Tal y como el propio trompetista descubre a lo largo de su amistad con él, Novecento viajaba a otros mundos mientras tocaba el piano, y conocía París o Londres como si hubiera estado allí varias veces.

Un día, un virtuoso pianista escucha hablar de Novecento y decide viajar en el Virginian para descubrir si realmente es tan buen pianista y para retarlo a un duelo de piano y, así, demostrar quién toca mejor el piano. Este pianista, digno de lástima y rebosante de humildad como puede verse, se hace llamar “el inventor del jazz”. Durante el duelo tocan diversas piezas y, cuando Novecento parecía derrotado, toca apenas medio minuto el piano de manera que aplasta la soberbia de “el inventor del jazz”.

Un tiempo más tarde, Novecento le comunica a su amigo el trompetista que se bajará la próxima vez que lleguen a Nueva York (sería la primera vez que toca tierra) para ver el mar desde allí, curiosa justificación. Sin embargo, se arrepiente en mitad de los escalones y vuelve a subir. El que no se arrepintió fue el trompetista, que sí se bajó definitivamente un tiempo después, y la noche anterior a su marcha, el trompetista tocó su solo de trompeta acompañado por el piano mientras lloraba. Es esa una bella escena, de verdad.

Luego llegó la Segunda Guerra Mundial, el Virginian quedó inutilizado y se decidió dinamitarlo. Todos los tripulantes bajaron del barco antes de que este explotara, todos excepto Novecento, que nunca bajó a tierra. Para Novecento, el mundo era un barco demasiado grande, un piano que no sabe tocar, y por eso prefiere no bajar. Novecento no entiende cómo algunas personas pueden atribuirse la propiedad de casas o tierras. Esas son las últimas reflexiones de Novecento tras recibir la visita del trompetista, que va a comprobar que Novecento va a ser dinamitado junto al barco y a despedirse de él. Entonces, Novecento le confiesa al trompetista que ya no siente alegría ni rabia, y que ya no cree ni en la esperanza ni en los milagros. Que todo se acabó para siempre.

No entiendo cómo puede haber gente que critique la forma de escribir de Baricco. Entiendo y respeto que haya gente a la que no le gusten sus historias o su forma de escribir, pero no entiendo que se le critique. Este libro de Baricco me recuerda a otro suyo, Océano mar (Anagrama, 2016), sobre el cual he visto algunas críticas que se basan en que es un libro “vacío que no cuenta nada”. Pues, sinceramente, pocos libros tan llenos he leído yo. Es muy simbólico y abstracto, sí, pero nada vacío. Cada cual con sus gustos, que a mí me encanta Baricco.

Sea como fuere, es esta una historia preciosa, tan efímera como elegante. Hay que situarse en las primeras décadas del siglo XX para comprenderla, para seguir al protagonista por su senda. Apenas se nos describe su tristeza, pero se hace latente en su amor por el piano, que es su refugio para olvidar que fue abandonado por sus padres y que quedó huérfano a los ocho años, cuando murió el hombre que lo había cuidado. Tiene bastante humor, unos puntos sarcásticos interesantes, y eso lo hace aún más atractivo. Me cuesta imaginar que Baricco, ese señor tan callado al que conocí en aquella feria de libros, haya dado a luz novelas tan magníficas como esta, con personajes tan elocuentes.

Sin más dilación, creo que la recomendación de este libro ya ha quedado latente en los párrafos anteriores. Cada vez que voy a una librería, descubro más libros de Baricco que no he leído. A Baricco le quedan aún muchos libros por escribir, estoy más que seguro, e intentaré seguir su senda. Admiro mucho a este escritor por cómo escribe siendo tan joven.

Tócala otra vez, Alessandro.

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