Autor extranjero·Narrativa

“Áyax. Antígona. Edipo Rey”, de Sófocles

Volvamos la vista atrás hacia los clásicos griegos.

Áyax. Antígona. Edipo Rey (Salvat, 1969), de Sófocles y traducido por Carlos Miralles Solá, son tres historias en un mismo libro que se devoran en poco tiempo. Soy amante de los libros de autores clásicos latinos y griegos, y desde hace tiempo tenía curiosidad por leer una de las tragedias griegas más importantes, Edipo Rey, así que me hice con este libro de segunda mano que, además, albergaba otras dos obras de Sófocles.

El libro comienza un prólogo, nada más y nada menos que de José María Pemán. Me gustaría destacar cómo habla Pemán de dos de los personajes más importantes de estas tragedias: dice que sin Creonte no habría ley ni orden, y que sin Antígona no habría ni poesía ni revolución. Y en concreto la tragedia Antígona explica esto que dice Pemán, pues en ella Antígona se rebela contra lo establecido y, concretamente, contra la premisa preestablecida de que la mujer siempre debe estar al servicio del hombre (tal y como se ve en estas obras clásicas), donde algunos hombres valoran la sumisión de sus esposas, entre otras atrocidades dignas de repulsión.

Pero comencemos hablando por la primera de las tragedias, Áyax. Esta se centra en la ira de un personaje, Áyax, contra Ulises, al que envidia irremediablemente después de una disputa que ha tenido lugar momentos antes de que comenzase la tragedia. Áyax emprende este odio contra un rebaño de ovejas y otros animales que son el botín de los griegos después de arrasar unas granjas, y sus compañeros se lo recriminan. Áyax, arrepentido, llora y se enfada consigo mismo, hasta llegar al punto de suicidarse. Finalmente, el astuto Ulises tiene compasión de su cuerpo inerte y apoya que se entierre con todos los rituales tradicionales, en contra de lo que opina Agamenón, otro rey griego, que rechaza enterrar su cuerpo por haberse mostrado tan rebelde y descontrolado.

En esta obra tienen un peso enorme el sentido del honor, el mismo que Áyax quiere recuperar contra Ulises y que termina quitándose él mismo después de hacer el ridículo. También encontramos al hombre astuto, pero amable, como es Ulises, canon idealizado de la “persona óptima” en cuanto a comportamiento y lealtad.

En la siguiente tragedia, Antígona, encontramos a unos personajes un tanto diferentes. Por un lado, Creonte, rey y tirano, y por otro Antígona, rebelde y sentimental. Creonte, cegado por su poder y su bastón de mando, provoca un desenlace fatal que le devolverá un golpe directo muy fuerte y que se saldará con dos muertes evitables si la ceguera no hubiera existido en los ojos del rey. Esta obra es un “ejemplo para los mortales de hasta qué punto el peor mal del hombre es la irreflexión”, tal y como dice textualmente al terminar la tragedia. La prudencia es la base de la felicidad, según esta tragedia, y no hay que ser orgullosos ni soberbios ante la voluntad de los dioses. Es increíble la cantidad de enseñanzas que guardan implícita y explícitamente las obras clásicas como estas.

Finalmente, Edipo Rey es una obra que muchas veces no requiere resúmenes porque es célebre por la historia en sí misma, por su protagonista y por el síndrome patológico atribuido al mismo. En este caso, vemos de nuevo cómo se ensalza la prudencia y se repulsa la irreflexión, pues la catástrofe de Edipo Rey es augurada por el anciano Tiresias, un vidente, pero Edipo, aun sabiendo que Tiresias sabe todo lo que está por venir, asegura que está loco y que solo actúa en su contra (en la de Edipo). Cuando Edipo se dé cuenta de que realmente ha matado a su padre, se ha casado y procreado con su madre y demás menesteres que prefiero omitir, tomará una decisión tan cruel como rápida e irremediable.

Las tres tragedias guardan muchas similitudes entre sí, y el suicidio está muy presente en ellas, lo que nos da una idea de la civilización griega de la época y de su pensamiento acerca de la muerte. El suicidio muchas veces era símbolo de honor, significaba valentía, cuando hoy muchas veces es tomado como una vía de escape, una alternativa para los cobardes (no por mí, desde luego, que lo considero un acto de valentía sin parangón).

Contándolo así, por encima y sin detenerme en profundidad a analizar cada tragedia, parece que se hacen más pequeñas y anodinas, pero guardan una importancia tremenda, por su contexto y por sus enseñanzas, reflejadas en figuras tan importantes de la mitología griega como las ya mencionadas. Por esto y por más, recomiendo fehacientemente leer siempre obras clásicas latinas o griegas, como estas tres tragedias espléndidas de Sófocles que nos dan un retrato veraz y a la vez difuso de los griegos de antaño, de los que tantas cosas hemos heredado.

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